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miércoles, 12 de enero de 2022

Un bote vacío

 Cuentos


Un monje decide meditar solo, lejos de su monasterio.

Rema con su bote al medio del lago, lo ancla allí, cierra los ojos y comienza su meditación.

Tras unas horas de silencio imperturbado, de repente nota el golpe de otro bote colisionando con el suyo. Con los ojos todavía cerrados, siente crecer el enfado, y se predispone a gritarle al barquero que osó interrumpir su meditación.

Pero cuando abre los ojos, lo que ve es un bote vacío que quizá fue a la deriva hasta el medio del lago.

En ese momento, el monje alcanza la realización y entiende que la rabia habita dentro de él: simplemente necesita del choque con un objeto externo para que salga afuera. En adelante, cuando se cruza con alguien que le irrita o le provoca rabia, se recuerda a sí mismo: "Esa persona es simplemente un bote vacío. La rabia está dentro de mi"

Parábola Hindú.

miércoles, 5 de enero de 2022

El monje y el niño

 Cuentos

Un joven monje vivía en un pueblo de Japón. Era muy famoso y tenía una gran reputación. Todo el pueblo le veneraba y respetaba. En el pueblo se cantaban canciones en su honor. Pero un día todo cambió. Una muchacha del pueblo se quedó embarazada y dió a luz un niño. Cuando su familia le preguntó de quién era su hijo, ella respondió que era el hijo del joven monje.

¿Cuánto tiempo tardan los admiradores en convertirse en enemigos? ¿Cuánto? No tardan ni un instante, porque dentro de la mente de un admirador siempre está escondida la desaprobación. La mente sólo está esperando su oportunidad y el día que acaba la admiración empieza la desaprobación. La gente que se muestra respetuosa puede cambiar y ser irrespetuosa en un segundo. La gente que se postra a los pies de alguien, en cualquier momento puede empezar a cortarle la cabeza a esa misma persona. No hay ninguna diferencia entre el respeto y la falta de respeto, son dos caras de la misma moneda.

La gente del pueblo atacó la cabaña del monje. Le habían estado mostrando respeto durante mucho tiempo, pero ahora afloró la rabia que habían estado reprimiendo. Ahora tenían la oportunidad de ser irrespetuosos, así que fueron corriendo a la cabaña del monje, le prendieron fuego y le echaron encima al niño recién nacido.

El monje preguntó:

- ¿Qué ocurre?

La gente contestó:

- ¿Nos estás preguntando qué ocurre? Este niño es tuyo. ¿Tenemos que decirte lo que pasa? Mira cómo arde tu casa, mira dentro de tu corazón, mira a este niño y mira a esta muchacha. No hace falta que te digamos que este niño es tuyo.

El monje dijo:

- ¿De verdad? ¿Es mío ese niño?

El niño se puso a llorar, así que empezó a cantar una canción para acallar al niño, y la gente le dejó ahí sentado con su cabaña quemada. Entonces, fue a mendigar a la hora acostumbrada, por la tarde, pero, ¿quién le iba a dar comida hoy? En todas las casas le daban un portazo. Una multitud de niños y de gente le seguía molestándole y tirándole piedras. Fue hasta la casa de la chica y dijo:

- Puede que no consiga comida para mí, pero al menos dame un poco de leche para este niño. Quizá tenga yo la culpa, pero, ¿qué culpa puede tener este pobre niño?

El niño estaba llorando, la multitud estaba en la puerta y la chica no pudo aguantar más. Cayó a los pies de su padre y dijo:

-Perdóname, padre. Te mentí cuando te di el nombre de este monje. Quería salvar al verdadero padre del niño, así que se me ocurrió usar el nombre del monje. Ni siquiera le conozco.

El padre se puso nervioso, había sido un gran error. Salió corriendo de la casa, cayó a los pies del monje y le intentó quitar al niño.

El monje preguntó:

- ¿Qué ocurre?

El padre de la chica dijo:

- Perdóname, ha sido un error. Este niño no es tuyo.

El monje contestó:

- ¿De verdad? ¿No es mío el niño?

Entonces la gente del pueblo le dijo:

- ¡Estás loco! ¿Por qué no lo negaste esta mañana?

El monje dijo:

- ¿Habría cambiado algo? El niño es de alguien. Y ya habíais quemado una cabaña. Simplemente, habríais quemado otra más. Ya habíais disfrutado maltratando a una persona y habríais disfrutado maltratando a otra. ¿Habría cambiado algo? El niño debe ser de alguien, también puede ser mío. ¿Qué ocurre? ¿Cambia algo?

La gente dijo:

- ¿No entiendes que todo el mundo te ha desaprobado, insultado y humillado totalmente?

El monje contestó:

- Si me hubiese afectado vuestra desaprobación también me habría afectado vuestro respeto. Hago lo que creo que está bien, vosotros hacéis lo que creéis que está bien. Hasta ayer os parecía bien respetarme y así lo hicisteis. Hoy no os parece bien respetarme y no lo habéis hecho. Pero no me afecta vuestro respeto ni vuestra falta de respeto.

La gente le dijo:

- Oh, honorable monje, al menos podías haber tomado en consideración que ibas a perder tu buena reputación.

Él respondió:

- Yo no soy bueno ni malo. Simplemente, soy yo mismo. He renunciado a la idea de bueno y malo. He renunciado al interés de convertirme en bueno, porque cuanto más intentaba ser bueno, más malo me volvía. Me volví absolutamente indiferente. Y el día que me volví indiferente me di cuenta de que dentro ya no había bondad ni maldad. En su lugar había nacido algo que es mucho mejor que la bondad y que no tiene ni una sombra de maldad.

OSHO

miércoles, 10 de noviembre de 2021

El monje y el guerrero

 Cuento


Un guerrero fue a ver al maestro zen Hakuin Ekaku y le preguntó:

- ¿Existe el infierno? ¿Existe el cielo? ¿Dónde están las puertas que llevan a ellos? ¿Por dónde puedo entrar? 

Era un guerrero sencillo. Los guerreros suelen ser sencillos. Sólo conocen dos cosas: La vida y la muerte. 

Él no había venido a aprender ninguna doctrina. Sólo quería saber dónde estaban las puertas para poder evitar el infierno y entrar al cielo.

El maestro Hakuin le respondió con una pregunta:

- ¿Quién eres?

- Soy un Samurai. - Le respondió el guerrero. Hasta el Emperador me respeta. - Agregó. 

Hakuin se río y contestó:

- ¿Un Samurai tú? Pareces un mendigo. 

El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para qué había venido. Desenfundó su espada y cuando ya estaba a punto de decapitar al maestro, éste le dijo: 

- Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta. Esto es lo que un guerrero puede comprender.

Inmediatamente el samurai entendió. Enfundó su espada y Hakuin dijo: 

- Aquí se abren las puertas del cielo.

La mente es el cielo, la mente es el infierno, y la mente tiene la capacidad de convertirse en cualquiera de ellos. Pero la gente sigue pensando que existen en alguna parte, fuera de ellos mismos. El cielo y el infierno no están al final de la vida, están aquí y ahora. 

A cada momento las puertas se abren… 

En un segundo se puede ir del cielo al infierno y del infierno al cielo.

miércoles, 27 de octubre de 2021

No hagas nada

Cuento 

Buda y sus discípulos emprendieron un viaje por diversos territorios y ciudades. Un día en que el sol brillaba con todo su esplendor, vieron a lo lejos un lago y se detuvieron, asediados por la sed. Al llegar, Buda se dirigió a su discípulo más joven e impaciente y le dijo:

–Tengo sed. ¿Puedes traerme un poco de agua de ese lago?

El discípulo fue hasta el lago, pero cuando llegó, un carro de bueyes comenzaba a atravesarlo y el agua, poco a poco, se volvía turbia. Ante esto, el discípulo pensó: "No puedo darle al maestro esta agua fangosa para beber". Así, regresó y le dijo a Buda:

–El agua está muy fangosa. No creo que podamos beberla.

Pasado un tiempo, Buda volvió a pedir al discípulo que fuera hasta el lago y le trajera un poco de agua para beber. El discípulo así lo hizo. Sin embargo, el lago todavía estaba revuelto y el agua perturbada. Regresó y con un tono concluyente dijo a Buda:

–El agua de ese lago no se puede beber, será mejor que caminemos hasta el pueblo para que sus habitantes nos den de beber.

Buda no le respondió, pero tampoco realizó ningún movimiento. Permaneció allí. Al cabo de un tiempo, le pidió al mismo discípulo que regresara al lago y le trajera agua. Éste, como no quería desafiar a su maestro, fue hasta el lago. Iba furioso, pues no comprendía por qué tenía que volver, si el agua estaba fangosa y no podía beberse.

Al llegar, observó que el lago había cambiado su apariencia: tenía buen aspecto, lucía calmo y cristalino. Recogió un poco de agua y se la llevó a Buda, quien antes de beberla la miró y le dijo a su discípulo:

–¿Qué has hecho para limpiar el agua?

El discípulo no entendía la pregunta. Él no había hecho nada, era evidente. Entonces, Buda lo miró y le explicó: –Esperaste y la dejaste ser. De esta manera, el lodo se asentó por sí mismo y ahora tienes agua limpia. 

¡Tu mente también es así! Cuando se perturba, sólo tienes que dejarla estar. Dale un poco de tiempo. No seas impaciente. Todo lo contrario: ¡sé paciente! Tu mente encontrará el equilibrio por sí misma. No tienes que hacer ningún esfuerzo para calmarla. Todo pasará si no te aferras.

Cuento budista

miércoles, 2 de junio de 2021

La cuchara

 Cuentos

Un estudiante zen se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían. Habló de esto con su maestro diciéndole: “Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar. Se van unos segundos para volver con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz”. 

El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar. No obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y reflexiones cortas, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza.


El maestro entonces le dijo: “Bien. Aferra esta cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita”. El discípulo obedeció. 

Al cabo de un rato el maestro le ordenó: ”¡Deja la cuchara!”. 

El alumno así hizo y la cuchara cayó obviamente al suelo. Miró a su maestro con estupor y éste le preguntó: 

“Entonces, ahora dime: ¿Quién agarraba a quién? 

¿Tú a la cuchara o la cuchara a ti?".

Cuento oriental.

miércoles, 26 de mayo de 2021

El bambú japonés

Cuentos


Hay algo muy interesante que sucede con el bambú japonés y que nos enseña una importante lección. Cuando un cultivador planta una semilla de este árbol, el bambú no crece inmediatamente por más que se riegue y se abone regularmente.

De hecho, el bambú japonés no sale a la superficie durante los primeros siete años. Un cultivador inexperto pensaría que la semilla es infértil, pero sorprendentemente, luego de transcurridos estos siete años el bambú crece más de treinta metros en solamente seis semanas.

¿Cuánto podríamos decir que tardó realmente en crecer el bambú? ¿Seis semanas? ¿O siete años y seis semanas? Sería más correcto decir que tardó siete años y seis semanas. ¿Por qué? Porque durante los primeros siete años el bambú se dedica a desarrollar y fortalecer las raíces, las cuales van a ser las que luego de estos siete años pueda crecer tanto en solamente seis semanas. Además, si en algún punto en esos primeros siete años dejamos de regarlo o cuidarlo, el bambú muere.

El bambú japonés nos enseña que no debemos desistir fácilmente de nuestros proyectos o metas.

Recuerda: si no consigues lo que aspiras, no desesperes…

 Quizá sólo estés echando raíces. 

miércoles, 19 de mayo de 2021

El ciego y el cojo

Cuentos

En un bosque cerca de la ciudad vivían dos vagabundos. Uno era ciego y el otro cojo. Durante el día entero competían el uno con el otro.

Una noche sus chozas se incendiaron porque todo el bosque ardió. El ciego podía escapar, pero no podía ver hacia donde correr, no podía ver hacia donde todavía no se había extendido el fuego. El cojo podía ver que aún existía la posibilidad de escapar, pero no podía salir corriendo: el fuego era demasiado rápido y salvaje. Así pues, lo único que podía ver con seguridad era que se acercaba el momento de la muerte.


Los dos se dieron cuenta de que se necesitaban el uno al otro. El cojo tuvo una repentina claridad: "El otro hombre, el ciego, puede correr, y yo, aunque no puedo correr, sí puedo ver". 

En estos momentos críticos en los cuales ambos se enfrentaron a la muerte, necesariamente se olvidaron de toda estúpida enemistad, dejaron de lado su competitividad y crearon una gran síntesis. Se pusieron de acuerdo en que el hombre ciego cargaría al cojo sobre sus hombros y así funcionarían como un solo hombre: el cojo puede ver y el ciego puede correr. 

Así salvaron sus vidas. Y por salvarse naturalmente la vida, se hicieron amigos olvidando su antagonismo. 

Cuento oriental

miércoles, 12 de mayo de 2021

El problema

Cuentos

Un gran maestro y un guardián compartían la administración de un monasterio zen. Cierto día el guardián murió, y había que sustituirlo.

El gran maestro reunió a todos sus discípulos, para escoger a quien tendría ese honor. "Voy a presentarles un problema, -dijo-. Aquel que lo resuelva primero será el nuevo guardián del templo".

Trajo al centro de la sala un banco, puso sobre este un enorme y hermoso florero de porcelana con una hermosa rosa roja y señaló: 

"Este es el problema".

Los discípulos contemplaban perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor… ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál era el enigma? Todos estaban paralizados.

Después de algunos minutos, un alumno se levanto, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el vaso con determinación, lo retiró del banco y lo puso en el suelo.

"Tú serás el nuevo guardián". -Le dijo el gran maestro-, y explicó-: "Yo fui muy claro: les dije que estaban delante de un problema. No importa qué tan bellos y fascinantes sean, los problemas tienen que ser resueltos."

"Puede tratarse de un vaso de porcelana muy raro, un bello amor que ya no tiene sentido, un camino que debemos abandonar pero que insistimos en recorrer porque nos trae comodidades. Sólo existe una forma de lidiar con los problemas: afrontarlos. En esos momentos no podemos tener piedad, ni dejarnos tentar por el lado fascinante que cualquier conflicto lleva consigo".

Cuento oriental.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Suelta el vaso

Cuentos

Un maestro zen, sujetando un vaso en su mano, preguntó a sus discípulos: "¿Cuánto pesa este vaso?" 


Uno respondió 200 gramos, otro, 250 gramos, y otras respuestas parecidas... 

El maestro respondió: "Bien. Teniendo en cuenta el peso del vaso, mi percepción variará dependiendo de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo un minuto, no es un problema. Si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo. Si lo sostengo un día, mi brazo se entumecerá y paralizará. 

El peso del vaso no cambia, es siempre el mismo. Pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado, y más difícil de soportar se vuelve para mí."

Y continuó explicando: "Las preocupaciones, los pensamientos negativos, los rencores, el resentimiento, el miedo, son como el vaso de agua. Si piensas en ellos un rato, no pasa nada. Si piensas en ellos todo el día, empiezan a doler. Y si piensas en ellos toda la semana, acabarás sintiéndote paralizado e incapaz de hacer nada. ¡Acuérdate de soltar el vaso!". 

Cuento oriental

miércoles, 28 de abril de 2021

El Amor y el Tiempo

Cuentos


En una isla vivían en armonía el Amor, la Tristeza, y todos los demás sentimientos. Un día, en uno de esos momentos que la naturaleza parece estar de malas, el Amor se despertó aterrorizado sintiendo que su isla estaba siendo inundada.

Pero se olvidó rápido del miedo y cuidó de que todos los sentimientos se salvaran ayudándoles a subir a sus barcos para ponerse a salvo.

Con la ayuda del Amor, todos tomaron sus barcos y subieron a una montaña bien alta, donde podrían ver la isla siendo inundada pero sin que corriesen peligro.

Solo el Amor no se apresuró, el Amor nunca se apresura. Él quería quedarse un poquito más en su isla. Cuando se estaba casi ahogando, el Amor se acordó de que no debía morir. Entonces corrió en dirección a los barcos que partieron y gritó: ¡Auxilio!

La Riqueza, oyendo su grito, respondió que no podría llevarlo ya que todo el oro y la plata que cargaba pesaban mucho y temía que su barco se hundiera. 

Pasó entonces la Vanidad que también dijo que no podría ayudarlo, pues el Amor se había ensuciado ayudando a los otros y ella, la Vanidad, no soportaba la suciedad. 

Por detrás de la Vanidad venía la Tristeza que se sentía tan profunda que no quería estar acompañada por nadie. 

Pasó también la Alegría pero, tan alegre estaba, que no oyó la súplica del Amor.

Sin esperanza, el Amor se sentó sobre la última piedra que todavía se veía sobre la superficie del agua y comenzó a menguar. 

Su llanto fue tan triste que llamó la atención de un anciano que pasaba con su barco. El viejecito tomó al Amor en sus brazos y lo llevó hacia la montaña más alta, junto con los otros sentimientos. 

Recuperándose, el Amor le preguntó a la Sabiduría quién era el viejito que le ayudó, a lo que esta respondió: "El Tiempo".

El Amor cuestionó : "¿Por qué solo el Tiempo pudo traerme aquí?". La Sabiduría entonces respondió: 

"Porque sólo el Tiempo puede ayudar al Amor a llegar a los lugares más difíciles".

Cuento oriental

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sherezade

 Cuentos

Las Mil y Una Noches

Hace muchísimos años, en las lejanas tierras de Oriente, hubo un rey llamado Shariar, amado por todos los habitantes de su reino.

  Sucedió sin embargo que un día, habiendo salido de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto y encontró a su esposa apasionadamente abrazada con uno de sus jóvenes esclavos. –¡Ay! –sollozó el rey–. ¡Siento en mi corazón un fuego que quema! –. E inmediatamente ordenó que su esposa y el esclavo fueran degollados. La muerte de su esposa infiel no calmó el fuego que inflamaba el corazón del rey Shariar. Su rostro iba perdiendo el color de la vida y se alimentaba apenas. 

Ya lo dijo el poeta:

Amigo: ¡no te fíes de la mujer! ¡Ríete de sus promesas!

¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil!

Y nunca digas: “¡Si me enamoro,

evitaré las locuras de los enamorados!”

¡No lo digas! ¡Sería verdaderamente un prodigio

ver salir a un hombre sano y salvo

de la seducción de las mujeres!

 

Convocó entonces el rey a su visir y le mandó que cada día hiciera venir a su palacio a una joven doncella del reino. El rey las desposaba pero, con las primeras luces del amanecer, recordaba la infidelidad de su esposa y una nube de tristeza le velaba el rostro. Entonces, hacía decapitar a las doncellas ardiendo de odio hacia todas las mujeres.

Transcurrieron así los años sin que Shariar encontrara paz ni reposo mientras, en el reino, todas las familias vivían sumidas en el horror, huyendo para evitar la muerte de sus hijas. Un día, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese a una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar a ninguna y regresó muy triste a su casa, con el alma llena de miedo por el furor del rey: – ¡Shariar ordenará esta noche mi propia muerte! – pensó.

 Pero el visir tenía dos hermosas hijas, la mayor llamada Sherezade y la menor de nombre Doniazada. Sherezade era una joven de delicadeza exquisita. Contaban en la ciudad que había leído innumerables libros y conocía las crónicas y las leyendas de los reyes antiguos y las historias de épocas remotas. Sherezade guardaba en su memoria relatos de poetas, de reyes y de sabios. Era inteligente, prudente y astuta. Era muy elocuente y daba gusto oírla. Al ver a su padre, le habló así: –¿Por qué te veo soportando, padre, tantas aflicciones? –. El visir contó a su hija cuanto había ocurrido desde el principio al fin. Entonces le dijo Sherezade: –¡Por Alah, padre, cásame con el rey! ¡Prometo salvar de entre las manos de Shariar a todas las hijas del reino o morir como el resto de mis hermanas! –. El visir contestó: – ¡Por Alah, hija! No te expongas nunca a tal peligro–. Pero Sherezade insistió nuevamente en su ruego.

 


Entonces el visir, sin replicar nada, hizo que preparasen el ajuar de su hija y marchó a comunicar la noticia al rey Shariar. Mientras su padre estaba ausente, Sherezade instruyó de este modo a su hermana Doniazada: –Te mandaré llamar cuando esté en el palacio y en cuanto llegues y veas que el rey ha terminado de hablar conmigo, me dirás: “Hermana, cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche.” Entonces yo narraré cuentos que, si Alah quiere, serán la causa de la salvación de las hijas de este reino.

Regresó poco después el visir y se dirigió con su hija mayor hacia la morada del rey. El rey se alegró muchísimo al ver la belleza de Sherezade y preguntó a su padre: –¿Es esta la doncella con quien me desposaré esta noche? –. Y el visir respondió respetuosamente: – Sí, lo es.

Pero acabada la ceremonia nupcial, cuando el rey quiso acercarse a la joven, Sherezade se echó a llorar. El rey le dijo: –¿Qué te pasa? –. Y ella exclamó: –¡Oh rey poderoso, tengo una pequeña hermana, de la cual quisiera despedirme! –. El rey mandó buscar a la hermana que llegó rápidamente, se acomodó a los pies del lecho y dijo: –Hermana, cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche–. Sherezade contestó: –De buena gana y con todo respeto, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras–. El rey, al oír estas palabras, como no tenía ningún sueño, se prestó de buen grado a escuchar el relato de Sherezade.

 

Aquella primera noche, Sherezade empezó a contar la historia del mercader que, en uno de sus viajes por el desierto, cayó en manos de un efrit que quería cortarle la cabeza. El mercader, en su afán por salvar su vida, le contaba al genio maligno tantos relatos maravillosos que llegó el amanecer sin que Sherezade hubiese concluido la historia. Entonces, la joven se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso que le había concedido Shariar. Su hermana Doniazada dijo: –¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y sabrosos son tus relatos! –. Sherezade contestó: –Pues nada son comparados con los que os podría contar la noche próxima, si el rey quiere conservar mi vida–. El rey dijo para sí: –¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído el final de su historia–.

Y por primera vez en muchos años durmió un sueño tranquilo. Al despertar, marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir que llevaba debajo del brazo un sudario para Sherezade, a quien creía muerta. Pero nada le dijo al rey porque él seguía administrando justicia, designando a algunos para ciertos empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. El visir regresó a su casa perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija había sobrevivido a la noche de bodas con el rey Shariar. Cuando terminó sus tareas, el rey volvió a su palacio.

Al llegar por fin la segunda noche, Doniazada pidió a su hermana que concluyera la historia del mercader y el efrit. Sherezade dijo: –De todo corazón, siempre que este rey tan generoso me lo permita –. Y el rey, que sentía gran curiosidad acerca del destino del mercader, ordenó: –Puedes hablar. Sherezade prosiguió su relato y lo hizo con tanta astucia que, al llegar la mañana, Doniazada y el rey ya estaban escuchando un nuevo cuento. En el momento en que vio aparecer la luz del día, Sherezade discretamente dejó de hablar. Entonces su hermana Doniazada dijo: –¡Ah, hermana mía! ¡Cuán deliciosas son las historias que cuentas! –. Sherezade contestó: –Nada es comparable con lo que te contaré la noche próxima, si este rey tan generoso decide que viva aún–. Y el rey se dijo: –¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.

 

Entonces el rey se entregó al descanso y marchó más tarde a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el lugar de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se puso de pie y volvió a su palacio y a su alcoba. Doniazada dijo: –Hermana mía, te suplico que termines tu relato–. Y Sherezade contestó: –Con toda la alegría de mi corazón.

Y prosiguió con la historia. Como la noche anterior, supo interrumpir su narración justo en el momento más interesante, al llegar el amanecer. El rey, para conocer el desenlace del cuento, decidió postergar nuevamente la muerte de su esposa. Al llegar el alba de la noche siguiente, cuando Doniazada manifestó cuán interesante había resultado el nuevo relato, respondió Sherezade: –Pero es más maravillosa la historia del pescador. Y el rey preguntó con curiosidad: –¿Qué historia del pescador es esa? –.  – La que os contaré la noche próxima, –señaló Sherezade–, si vivo todavía–. Entonces el rey dijo para sí: –¡Por Alah! No la mataré sin haber oído la historia del pescador, que debe ser verdaderamente maravillosa. La misma decisión tomó el rey Shariar al día siguiente y en los sucesivos días. Sherezade anunciaba nuevas historias, las interrumpía sabiamente o las entrelazaba de tal modo que el personaje de un cuento contaba un cuento en el que un personaje contaba un cuento...

Así, una historia llevaba a la otra en una narración sin fin que iba dejando a la joven un día más de vida, una semana más, un mes, un año tras otro año…